No me gusta ir a terapia. Por momentos me cuesta contarle mis asuntos más internos a la persona que está al frente para escucharme.
No es que desconfíe de su capacidad como profesional, sino más bien que me resulta difícil quitar todas las capas de protección que tiene mi corazón y permitirme ser vulnerable. Quizás el temor o la inseguridad me juegan una mala pasada. Sin embargo, debo reconocer que cada vez que fui, la experiencia fue de gran bendición. Logré avanzar en metas y sueños, quitando una capa a la vez, como si pelara una cebolla.
Paradójicamente, elegí una profesión cuyo objetivo es ayudar a otros a través de la escucha activa y la reflexión.
Sí, algo muy parecido a lo que sucede en una sesión de terapia. Como dice el refrán: “En casa de herrero, cuchillo de palo”, y muchas veces me identifico con esa frase. Aun así, lejos de desanimarme, intento, con compromiso, no solo acompañar a otros, sino también buscar ayuda para mí. Y es allí donde los libros se convierten en aliados fundamentales.
Los libros no reemplazan la terapia —y si la necesitas, te animo a buscar el apoyo de un profesional que te escuche y te oriente—, pero sí pueden ayudarnos a conectar con áreas de nuestra vida que requieren atención, pausa y cuidado.
Un buen libro es aquel que te deja una enseñanza práctica, que puedes aplicar en tu día a día. También es ese que te transporta a otros escenarios, amplía tu mirada y abraza el alma justo cuando lo necesitas.
En mi biblioteca abundan libros del tipo: Cómo lograr…, Cómo superar…, Cómo comprender…. Me gusta leer sobre experiencias de otras personas, porque creo firmemente que podemos aprender muchísimo de quienes han transitado caminos similares. Ya sea para comprender lo que nos pasa, criar hijos en un mundo cambiante o sostener un matrimonio a lo largo del tiempo, siempre hay algo valioso por descubrir en las páginas de un buen libro.
Así que, si hoy estás enfrentando una situación que no sabes cómo resolver, empieza por buscar ayuda. Tal vez un libro sea el primer paso. Uno que hable del tema que estás atravesando o que te brinde herramientas para fortalecerte.
Pero llegará un momento en que también será necesario hablar con otra persona que te acompañe en ese mar de emociones que estás surfeando. Eso también es parte del crecimiento y la madurez. Y, por sobre todo, ten la certeza de que Dios estará contigo en cada paso, si le hablas y le permites acompañarte.