Cuando escribir se vuelve indispensable para sanar

Hace un tiempo acudí a una reunión que me sacudió por dentro.

La falta de empatía, de tacto y de comprensión me dejó helada. No solo me afectó a mí, sino que también me dolió por las demás personas que estuvieron allí. Generalmente, cuando uno participa de una reunión, al terminar simplemente sigue con su vida. Esta vez no fue así, sino por el contrario, me quedé enganchada en la situación, pensando en cada palabra escuchada y sintiendo nuevamente malestar e incomodidad. 

Hablar con mi esposo me ayudó a procesar lo sucedido, y él con su sabiduría me animó a dejar ir la experiencia. Intenté, traté pero desistí. Lo que sentía seguía vivo dentro de mí. Entonces, sin mucho preámbulo, tomé la computadora, abrí un documento, me acomodé y dejé que las palabras fluyeran.

Difícilmente pueda describir la inundación de conceptos, ideas y sentimientos que experimenté. Sentí como si se tratara de un torrente sin final. Y, así como el agua purifica por dentro, escribir se convirtió en un proceso de limpieza interior: logré resignificar lo que me había herido y encontrar paz al volcarlo en palabras.

En ese momento pensé: ¿por qué tardé tanto en recurrir a un recurso que me hace tan bien y que me enfoca completamente? No tengo una respuesta a eso. Lo que sí sé es que, siempre que me sucede algo, que atrapa mi mente y corazón, necesito escribirlo, para poder seguir adelante con mi vida.

Escribir me ayuda a asimilar, pero también a soltar aquello que no me hace bien.

Mientras elijo las palabras que mejor expresan lo sucedido, voy procesando la situación y la dejo ir. Ella deja de formar parte del peso en mi mochila, y se convierte en un recuerdo –lindo o feo–, que queda en el baúl de experiencias de mi vida.

Y tú, ¿qué experiencia necesitas sanar? ¿Te animas a escribirla? Te aseguro que cuando logras poner en palabras lo que sientes, el mundo recupera color, la vida se vuelve más llevadera y tu mente descansa. Y si además conectas tu experiencia con la Palabra de Dios, encuentras un alimento profundo y nutritivo para tu alma.

Escribe para sanar. Sana para continuar. Continúa para trascender.

Libros que abrazan: cómo la lectura puede ser una forma de terapia

No me gusta ir a terapia. Por momentos me cuesta contarle mis asuntos más internos a la persona que está al frente para escucharme.

No es que desconfíe de su capacidad como profesional, sino más bien que me resulta difícil quitar todas las capas de protección que tiene mi corazón y permitirme ser vulnerable. Quizás el temor o la inseguridad me juegan una mala pasada. Sin embargo, debo reconocer que cada vez que fui, la experiencia fue de gran bendición. Logré avanzar en metas y sueños, quitando una capa a la vez, como si pelara una cebolla.

Paradójicamente, elegí una profesión cuyo objetivo es ayudar a otros a través de la escucha activa y la reflexión.

Sí, algo muy parecido a lo que sucede en una sesión de terapia. Como dice el refrán: “En casa de herrero, cuchillo de palo”, y muchas veces me identifico con esa frase. Aun así, lejos de desanimarme, intento, con compromiso, no solo acompañar a otros, sino también buscar ayuda para mí. Y es allí donde los libros se convierten en aliados fundamentales.

Los libros no reemplazan la terapia —y si la necesitas, te animo a buscar el apoyo de un profesional que te escuche y te oriente—, pero sí pueden ayudarnos a conectar con áreas de nuestra vida que requieren atención, pausa y cuidado.

Un buen libro es aquel que te deja una enseñanza práctica, que puedes aplicar en tu día a día. También es ese que te transporta a otros escenarios, amplía tu mirada y abraza el alma justo cuando lo necesitas.

En mi biblioteca abundan libros del tipo: Cómo lograr…, Cómo superar…, Cómo comprender…. Me gusta leer sobre experiencias de otras personas, porque creo firmemente que podemos aprender muchísimo de quienes han transitado caminos similares. Ya sea para comprender lo que nos pasa, criar hijos en un mundo cambiante o sostener un matrimonio a lo largo del tiempo, siempre hay algo valioso por descubrir en las páginas de un buen libro.

Así que, si hoy estás enfrentando una situación que no sabes cómo resolver, empieza por buscar ayuda. Tal vez un libro sea el primer paso. Uno que hable del tema que estás atravesando o que te brinde herramientas para fortalecerte.

Pero llegará un momento en que también será necesario hablar con otra persona que te acompañe en ese mar de emociones que estás surfeando. Eso también es parte del crecimiento y la madurez. Y, por sobre todo, ten la certeza de que Dios estará contigo en cada paso, si le hablas y le permites acompañarte.

¿Qué libro abrazó tu alma en el momento que más lo necesitabas? ¡Me encantará conocer tu experiencia y aprender de tí!