Hay decisiones que nos cambian la vida, para siempre.
Una de ellas es trascendental: tener o no tener descendencia. Si decidimos y nos sentimos listos para tener hijos, la tarea no termina ahí… solo es el puntapié inicial de una aventura que dura toda la vida.
Otra decisión clave es si vamos a criar con gozo o si solo vamos a cumplir nuestro rol.
Hay una diferencia abismal entre ambas opciones. Cumplir el rol es simplemente proveer para sus necesidades físicas, psíquicas, emocionales y espirituales. Sin embargo, la ecuación cambia cuando a ese rol le sumamos el gozo de hacerlo. Los niños lo notan, y en el fondo, nosotros también.
Por definición la palabra –gozo– hace referencia a la alegría del ánimo, a pesar de las circunstancias que nos toque atravesar.
No significa que andaremos con una sonrisa de oreja a oreja las veinticuatro horas del día, pero sí implica la decisión de conservar el buen ánimo más allá de todo. Por eso, la crianza con gozo es un escalón más en el arte de ser padres, que involucra al menos tres acuerdos en la pareja matrimonial:
- La crianza no es dar únicamente el 50 % y el 50 % de cada uno. Involucra el 100 % de cada progenitor.
- La crianza bíblica es un tiempo invertido que abarca: tiempo de oración, devocionales, adoración y servicio.
- La crianza perfecta no existe. Es importante buscar la excelencia pero acompañarla con flexibilidad, amor y perdón.
No hay recetas mágicas cuando se trata de criar a otro ser humano.
Como nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron, con las herramientas con las que contaban; así nosotros debemos descansar en que estamos sembrando semillas en la vida de nuestros hijos, que tarde o temprano, darán fruto para la gloria de Dios.
En Proverbios 22:6 leemos: “Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
Como padres, cumplimos nuestra tarea de siembra, añadiendo el gozo diario, pero el crecimiento lo brinda Dios. ¡Aprendamos a confiar en el proceso!